En el boxeo hay derrotas que duelen. Y hay peleas que ni siquiera empiezan y ya te dejan cicatriz.

El sábado por la noche, en el T-Mobile Arena, el mexicano Oscar Duarte llegó con el traje puesto para la guerra. Peso hecho. Campamento cumplido. Familia presente. Ilusión intacta. Del otro lado, el campeón mundial Richardson Hitchins no llegó al ring: una enfermedad reportada horas antes obligó a cancelar la pelea por el título superligero de la FIB.

El resultado fue tan seco como cruel: no hubo campanazo inicial. Y Duarte se quedó “vestido y alborotado”.

La noche en que el sueño se detuvo

Para el nacido en Parral, Chihuahua, la oportunidad era real. No era una promesa, no era un rumor. Era su noche. La que se construye con madrugadas, cortes de peso, manos vendadas y silencios incómodos. La que se imagina cuando uno se acuesta pensando en el cinturón.

Pero el boxeo también es esto: incertidumbre brutal.

Horas antes del combate, el equipo de Hitchins notificó que el campeón no podía subir al ring. Sin tiempo para reemplazos ni soluciones creativas, la función siguió su curso… menos esa pelea. La de Duarte. La suya.

Y ahí es donde empieza lo humano.

Duarte, sin filtro

En entrevista para DAZN, Oscar Duarte no se escondió detrás del discurso políticamente correcto. Habló como habla un peleador cuando le arrebatan la noche más importante de su vida.

“Estoy conmocionado, todavía no me la creo. Yo vengo a pelear, estoy listo y bien ilusionado, soñé con el campeonato mundial, se llegó mi oportunidad y que por un güey que no tiene huevos y que tiene miedo, me siento decepcionado por esto que está pasando, pero yo voy a seguir firme. Yo vengo por lo mío, si no es en esta ocasión, será en la otra y yo voy a seguir listo para coronarme campeón mundial.”
Óscar Duarte se prepara en Torreón para pelear ante Ryan García
Óscar Duarte (Manuel Guadarrama)

No fue un desliz. Fue frustración pura. El tipo que había hablado fuerte en la conferencia de prensa no apareció en el ring. Y Duarte lo dijo de frente.

Cuando se le pidió un mensaje para el público —esa gente que viajó, que pagó boleto, que apostó por él— tampoco se escondió:

“Les mando un saludo a todos y agradecerles por su apoyo, toda la gente que vino a verme, todos los que apostaron, todos. De mi parte yo estoy listo para pelear y la siguiente pelea va a ser muy buena, así que yo voy con todo y lamentablemente pasó esto, pero vamos a seguir firmes.”

Ahí está la diferencia entre el personaje y el peleador: Duarte estaba dolido, sí, pero no derrotado.

Lo que no se ve

En el boxeo no sólo se pierde cuando te noquean. También se pierde cuando te preparas ocho semanas para una guerra que nunca llega.

Hay algo profundamente psicológico en este tipo de cancelaciones. El cuerpo llega al pico. La mente llega al punto exacto de tensión. Y de pronto, vacío. El ring se convierte en escenario ajeno. La energía no se descarga. Se queda adentro.

Eso pesa. Pero también revela carácter.

Duarte no rompió filas. No armó escándalo. No se fue escondido por la puerta trasera. Dio la cara. Y dejó un mensaje claro: si esta no fue la noche, vendrá otra.

​CIG

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